domingo, octubre 02, 2011

Mi amiga Celeste

Aquella noche, celebrábamos una cena de verano de un colectivo llamado La Vie en Rose. Me uní a aquel colectivo de lesbianas y gays de una forma fortuita, bueno, pensándolo mejor, de una forma no tan fortuita, creo que todo tiene un por qué y nada ocurre por medio del azar, sino que creo que aquel fue el momento adecuado para conocer como se trabajaba dentro y a través de un colectivo, y saber lo que se guisaba y se servía dentro y fuera de él.

Primero aterrizamos en una bonita casa de las afueras de Zaragoza, de un chico encantador llamado Fran, alguien especial, que a pesar de ser invidente, poseía ese encanto sobrenatural que desprenden todos estos seres, unido al encanto de ser un ser sensible y especial como gay. Su casa era ciertamente muy agradable, con todas las comodidades actuales. Un amplio salón daba a un jardín con un césped limpio y bien cortado. Todo, sonrisas y cervezas, vino tinto y canapés, coca colas y fantas, sangrías y naranjas. Desde el primer momento, me di cuenta de lo práctico de la cena, cada una de nosotras, nos ocupamos de llevar algo para comer; una llevó una bandeja de saladitos, otra, otra bandeja con una inmensa tortilla de patata, otra chica llevó bollitos muy bollos con ensaladilla rusa, lo mismo con las bebidas, cada una llevó lo que creyó más oportuno para la ocasión. Yo recuerdo que llevé dos apasionantes botellas de vino blanco de Laus, de exquisito sabor a pétalos de rosa, y mi amiga Celeste, llevó una bandeja de croquetas exquisitas, de lo cual, luego me confesó que eran congeladas, perdiendo todo aquel glamour que consumí al saborearlas. También recuerdo que llevó una botella de buen tinto de Cariñena, de un nombre muy extraño, “Cojón de gato”, pero bueno, a pesar del nombrecito, un tanto socarrón, el vino estaba de puta madre y realmente lo paladeamos como el elixir más infrecuente del cojón del gato. Si es que Celeste era la tranca, una cachonda, tenía como un don sobrenatural, y allá donde fuera era diferente al resto de la gente en todas sus acciones y observaciones. En la fiestecita se realizaron varios juegos, ya que si no, la gente, que es muy aburridiza, se aburre, y se congregaron varios chicos y chicas en la sala del salón, para jugar con unos cartoncitos que sacaron de no sé qué cajita, para jugar a las adivinanzas. Realmente esos juegos siempre me han aburrido, no sé por qué, prefiero dedicarme a la contemplación o al juego de la observación, ya que absorbo de ellos mayor experiencia, divagación y entretenimiento, que estar devorándome los sesos con unas cuantas cartas o cartoncitos entre mis manos, por el mero placer de ganar al adversario que está frente a mí, o a unos pequeños metros de distancia de mí. Así que Celeste y yo, permanecimos en el Jardín, disfrutando de esa temperatura cálida y atemperada de las noches de verano de Junio, y que a pesar de hallarnos muy próximas a la ciudad, fue una noche ciertamente muy agradable. Todo transcurría en calma, hasta que una música proveniente de unos bafles de la terraza comenzó a sonar, suave pero fuerte, sonoramente, pero sin molestar demasiado ni resultar estridente. Era música Chill Out de una sensualidad extrema, de esa música que con tan sólo escucharla ya te sientes a gusto, y en ese preciso instante de seducción musical, salieron a la terraza, Piluca y Teresa, ambas con un bonito albornoz sobre sus cuerpos, después salieron cuatro chicos más, Pipo, Suso, Tuti, y Sandro, también cada uno de ellos con tan sólo un bonito albornoz en su cuerpo. Al momento, ocuparon el césped de la terraza, Tati, y Cucha, Penélope y Rosana, y en un momento imperceptible, se acercó a nosotras Sandra, también vestida con el dichoso albornoz, y nos dijo - Pero chicas. Para qué os creíais que eran los albornoces que había que traer a la fiesta, sino para ponérnoslos en este preciso instante. – Pero, si los he dejado en el coche – dije así como si se me hubieran descolgado lentamente las palabras del paladar.

- Pues ya estás yendo, monina, que ahora empieza realmente la fiesta.

Y así fue, que fui corriendo al ford fiesta amarillo, heredado de mi tía, que heredó de mi madre, y que a su vez mi madre heredó de mi padre. Abrí el maletero, y allí estaba la bolsita mirándome con cara de exclamación, o acaso era un interrogante. Y con cara de interrogante, nos dirigimos de nuevo como dos autómatas, Celeste y yo, a la cena-fiesta del colectivo, La Vía en Rose. Que por cierto, en esos momentos, creo que Celeste veía la Vía en noir, pero con cara de cachondeo y risas, y yo la veía de un marrón impresionante. Entramos, nos cambiamos apresuradamente la una detrás de la otra en el baño, y nos dirigimos como las dos muñecas autómatas que éramos, con las garras algo tensas y tambaleantes, y una sonrisa de esas semi-atontadas - Jajaja, Jijiji - Toma Celeste. No querías juerga, pues aquí la tienes.
- No me jodas, Marimar, que una cosa es el cachondeo y otra esto, anda, vamos al jardín que tengo ganas de tomar el solMe dijo Celeste con una sonrisilla sarcástica desencajada.

Y llegamos al dichoso jardín, mientras Celeste tropezó con una silla de formas cúbicas, y ciertamente estrambótica, que estaba en la entrada del mismo jardín.
- Venga chicas, qué rezagadas, llevamos quince minutos esperando. ¿ Es que no os habían contado lo de la fiesta del albornoz ?.
- Pues chica, si, algo había oído yo dijo resabiadamente, como siempre hacía Celeste.

La música que se escuchaba se convertía en unos instantes en un sedante en tu interior, en una melodía cambiante pero a la vez constante, que hacía que tu cuerpo se moviese sin apenas haberle dado la orden de moverse. Todos permanecían bailando a su manera con los albornoces colocados, unos alzaban los brazos como implorando a los dioses oráculos de suerte, de amor y de paz futura. Otras niñas movían sus caderas con una insinuación sublime, y adivinar cómo serían aquellas caderas entre mis manos y cómo divagarían aquellos pechos dentro de la tela de toalla de su albornoz, fue por un momento mi mayor preocupación, a la vez que despreocupación divagante. Y el juego comenzaba, y dijo Cucha;

- Bueno, bueno, chicas y chicos, la noche es nuestra. De momento todas y todos lleváis puesto el albornoz, pero he aquí que sólo quedará al final con el albornoz puesto, una de vosotras y uno de vosotros. Creo, ya que es una prueba muy difícil. Aquí tengo un metro milimétrico, chicos - dijo Cucha – y el juego va a consistir simple y sencillamente, en que cada uno de vosotros - en el caso de los chicos - que averigüéis la medida exacta de vuestro miembro, polla o pollita, en el momento, chicos, en que oigáis vuestro nombre a través del micrófono y mientras os halléis embriagados bailando esta magnífica música traída de los cielos Chill Out, Chill On, Chill Down, bueno, como quiera que se llame todo este tipo de música celestial. El caballero en cuestión se desnudará, acto seguido dirá la medida de su polla, y seguidamente se la medirá Clodo, que ya sabéis que siempre es el medidor oficial para estas ocasiones. Como veis, Clodo lleva puesto para la ocasión un traje sado-maso con máscara de cara incluida, que además de sentarle muy bien, tan sólo se le ven los ojos, un buen cacho de lengua, y las manos, las cuales esta noche serán las poseedoras de sus mayores triunfos y deseos, tocar y anhelar muchas pollas enhiestas o sublevadas, deprimidas o absurdas, originales y perdidas, encontradas o ya masturbadas. Si el susodicho que sea llamado para la prueba, acierta, tendrá derecho a un placer, pero si no acierta, ha de ser un castigo. Se estipulará por Clodo en cada caso. En el caso de vosotras, niñassss, la prueba será la siguiente. Os desnudaréis cuando escuchéis nombrar vuestro nombre a través del micro, y Nana, también con su traje de castigo, os preguntará por la medida exacta del contorno de vuestro pezón. Diréis una medida, y acto seguido, Nana la medirá con mucho gusto y precisión. Si acertáis, chachi, pero si no la acertáis, Nana os someterá a un castigo, estipulado por ella misma. Venga chicas. La fiesta comienza. Desinhibiros de placer. Comenzamos. Comenzamos la fiesta de los albornoces!!.


La música sonaba y vi como cada uno de nosotros permanecía en su universo particular.

La verdad es que estábamos muchas más chicas que chicos en el fiestorro de La Vie en Rose, pero ello auguraba aun mayor diversión. Y bajo las aguas transparentes de ese placer que te alza hacia los paraísos más inalcanzables, hacia todo lo bello sin escrúpulos, dejando atrás lo maligno o lo no bello. Bajo aquellas aguas transparentes que ya eran celestes, malvas, rosas y anaranjadas. Bajo la atenta mirada de la luna escuchando el sonido Chill Out de las olas del mar y su espuma, de esa espuma que al desprenderse de la ola y llegar hasta la arena, apenas deja de existir. Y ciertamente, ese sonido del silencio se escuchaba en nuestro interior como un eco adormecido de toda una vida, de cientos de vidas sobre este universo. Tan sólo se trataba de sentir el placer. Aquí, en este pequeño planeta. Y cuando ya nuestros cuerpos se hallaban como una pluma cayéndose, deteniéndose entre aquel aire adormecido, escuchamos a Nana decir a través del micrófono – Celeste. Acude a mi vera – Celeste caminó aquel tramo, a pesar de lo acojonadilla que yo pensaba que se encontraba, con una decisión total, con la cabeza bien alta y un albornoz de grandes margaritas soñando hacia el me quiere o no me quiere, me amará o no me amará, el esta noche mojaré en caliente o en frío, el la Vie en rouse o la Vie en noir....... Y Celeste comenzó a quitarse el albornoz, cayendo al suelo como un pañuelo de seda, bajo la atenta mirada de Nana. Nana, que la miraba con los ojos de la ternura de la diosa lechuza, comenzó a acariciarle sus esponjosos cabellos oscuros.

- Y bien, Celeste. ¿Cuánto dirías tú, que miden exactamente tus pezones en este preciso momento? – dijo Nana mientras acariciaba muy hábilmente y muy dulcemente los dos pezones de Celeste. Cada mano acariciaba un pezón, bueno, mejor dicho, los dedos de cada mano se dirigían y bogaban sobre aquellas rosas que se desperezaban abriendo sus pétalos, alzando en su centro una protuberancia insigne, y cuando ya todas casi gemíamos al mismo tiempo que se escuchaba el Chill In, imaginando el álgido placer que en ese momento podría sentir Celeste. Celeste, cerrando la mirada y casi cayéndose de placer en los brazos de Nana, dijo Mi pezón mide exactamente 3 cm.Acto seguido, Nana midió con su metro milimétrico la medida exacta del pezón, y dijoTienes razón Celeste. Celeste, chicas y chicos, ha acertado. Su pezón mide exactamente 3 cm, ni más ni menos. Ahora tienes derecho a un placer. Pídeme lo que quieras.

Celeste, sin pensarlo dos veces, dijo – Quisiera ver también las rosas de tus pezones, poder acariciarlas, preguntarte cuanto piensas que puede medir su diámetro, para después medirlo. Quizás si aciertas, como yo, y mide también 3 centímetros, signifique que estamos hechas la una para la otra, que tú eres ese amor que desde tanto tiempo ansío encontrar. Creo que la medida del pezón, aunque no lo dijo Freud, debe de tener connotaciones místicas en el amor, y designios muy pero que muy positivos. Mira a la luna, ella está sola, porque no encuentra otra luna igual a ella, alguien que pueda abrazarla en su misma medida. No encuentra otra luna que tenga el mismo diámetro de pezón, por ello, Nana, la luna sigue sola.

Nana la miraba con esa sonrisa pícara rodeada de sensualidad, mirando de reojo a la luna y a ella. Pareciera como si sólo ellas dos se encontrasen en aquel jardín, hablando de sus ires y devenires, de sus pensamientos y formas.

- Me parece perfecto, Celeste, yo también ansío encontrar a esa mujer que tenga mi misma medida de pezón. Quizás por no tener en cuenta ese pequeño detalle, todavía sigo sola. Así que vayamos a ello.

Nana se desprendió hasta la cintura del traje sado-maso, y mientras se alejaba de su piel la ajustada tela negra de charol, emergieron sus senos como dos rosas nacientes que se habrian hacia la noche como los más bellos senos que jamás pude ver en mi corta o larga existencia. No, no fue la primera sensación que sentí la de poder llegar a acariciarlos, sino la de tan sólo mirarlos, mirar su ondulada forma cayendo hacia su esternón con el peso y la medida exacta y perfecta. Su piel era muy blanca, pero el color pintado en sus pezones era de un marrón muy suave, casi yendo hacia el rosa o quizás hacia el mismo color encarnado que hacen las rosas en sus divagaciones. Y Celeste hizo sentar a Nana en una silla, haciéndole extender sus piernas muy relajadamente. Después Celeste se sentó sobre ella, mirándola de frente, de forma que Nana podía abrazar a Celeste por sus caderas muy deliciosamente. Y comenzó Celeste a succionar de aquellos dorados pezones de color encarnado, de rosas divagando entre malvas y azucenas, de azucenas volviéndose magnolias, y las magnolias en fuentes de agua. Y seguro que ya el agua invadía aquellos sexos, hechos, como ciertamente había dicho Celeste, el uno para el otro. Comenzó Nana a acariciar con sus hábiles manos el culito ya rígido de Celeste, totalmente rígido, mientras Celeste seguía succionando los pechos de Nana con ese entusiasmo adormecido del placer, con esa fragilidad inmensa de las caricias más bellas, con esa inacabable sed del placer que no cesa y se abisma en hallar la línea que nunca se alcanza en el horizonte, intentando constantemente poseerla a través de la ascensión del placer. Comenzaron las dos a gemir, el orgasmo más prolongado, eterno y bello que nunca jamás vi. Aquellos gritos de susurros, aquellos gritos de un placer infinito e inabarcable, bogaban sobre la música Chill Out, Chill In, Chill Up y Chill Down. Y al llegar ambas, Nana y Celeste, a ese Chill Down adormecido, permanecieron abrazadas, acurrucadas la una sobre la otra durante varios minutos. Clodo, las sacó de aquel embargo con el público.

- Y bien, chicas. Ha sido maravilloso. Un espectáculo incluso para nosotros los chicos. Debemos seguir aprendiendo mucho de vuestras artes. Oh, queridas amigas, sabed que son las artes del amor femenino, las más bellas e inalcanzables, y nos tenemos que seguir preparando para ser masculinos femeninos, o femeninos masculinos, que es lo mismo, pero cada vez con mayor arte, con mayor coñocimiento, con mayor sabiduría, mediante la contemplación de la mujer y sus consecuencias. Nana. ¿Estás mejor?. Celeste. ¿Te has concentrado realmente en la medida del diámetro del pezón de Nana, para darle energía?. Qué vamos. Te los has comido de lleno.

- No. No me los he comido. Tan sólo los he succionado y acariciado. Espero comérmelos en breve.

- Pues yo creo dijo Nana con cara de cachonda concentrada y desconcentrada – que el diámetro de mi pezón es también de 3 centímetros, porque el momento ha sido tan sublime, que no me extrañaría un pelo.

Celeste cogió con sus deditos la cinta métrica milimétrica cuidadosamente, y dijo; – Chicas. Chicos. Hemos acertado. Son 3 centímetros. He encontrado a la mujer de mi vida. Así, tontamente, con lo difícil que es esto. Desde aquí doy mis gracias a Marimar, que se halla entre vosotras y vosotros, ya que gracias a ella he venido a esta fiesta maravillosa de La Vie en Rose. Y ahora con el permiso de Blind, si así lo precisa, nos vamos Nana y yo corriendo al diván de las libélulas de la habitación de arriba de Fran, para sosegar estas turbulentas mareas que llevamos dentro del cuerpo, porque yo estoy rompiendo aguas, y Nana también. Y que acabéis el fiestón lo mejor posible, chicas y chicos del colectivo La Vía en Rose.

Dijo Celeste, mientras cogía apresuradamente la mano de Nana, y ambas se dirigían al diván de las libélulas, del lujoso pisito de un miembro del colectivo de La Vie en Rose es más que Rose, llamado Fran.

domingo, agosto 07, 2011

YO PANTHERE, TÚ, MUST DE CARTIER



- Como os seguía diciendo – se afanaba Carla en su debate explicativo, en el congreso internacional de París de perfumistas, alta perfumería, y captación de narices exquisitas para su incorporación a las suculentas nóminas de las grandes casas perfumeras de París. Se detuvo un instante en su conversación mientras inspiraba el aire como cálido a la vez que ciertamente agresivo de una tuberosa, provocándole ciertas sensaciones sensuales. Se despertó de aquel éxtasis infinito provocado por la tuberosa y prosiguió. – Como os seguía diciendo – Y siguió con la mirada a aquella dama que había pasado aleteando casi agachada por delante de ella, para no interrumpir su declamación, y portadora de aquella fragancia a tuberosa que tanto la cautivaba en sus intimidades más profundas. Colocándose la dama como pudo, en la cuarta fila de oyente. – Como os seguía diciendo. Cuando yo y mis compañeras y compañeros de profesión de narices, descubrimos el aroma Panthere de Cartier, pudimos sentir mientras lo creábamos, mientras lo íbamos descubriendo. Cómo. Cómo deciros. La comunión de un orgasmo. Acaso cuando nos sentimos felices en un determinado grupo o reunión, no es como si sintiéramos un petit o gran orgasmo. Algo así ocurrió, queridas y queridos narices y profesionales de la alta perfumería. Y ya no pudo más con sus ansias.

- Por favor. Si usted. Señorita. La de la cuarta fila que lleva una        ajustada blusa blanca, y una falda de flores como disecadas de colorines diversos.
              - ¿Yo?.
- Si. Usted. ¿Sería tan amable de venir un momento aquí conmigo, hacia este pequeño estrado de color dorado y plata? – dijo señalando aquel maravilloso escenario que se derramaba entre sombras doradas amantes y plateadas amadas.

 - Si. Por supuesto – dijo aquella dama oyente, acudiendo hacia el estrado.
 - ¿Tu nombre?.
 - Ana María.
 - ¿ Eres nariz?.
 - Pues no. Soy farmacéutica.
 - Vaya. Bueno. Todo se aprende. – Y de repente Carla, sin poder remediarlo, la agarró suavemente de los brazos y se lanzó suave pero decididamente hacia su largo cuello, aspirando aquellos efluvios de tuberosa, como quien encuentra un paraíso así en un pis pas. - Pues he de decirte Ana María, que siendo farmacéutica y seguramente por tu presencia aquí en este congreso, gran amante del perfume y su elaboración, decirte que eres un delirio de Tuberosa, mi perfume predilecto. A ver, Mmmm....... Exacto, perfume de tuberosa como nota más que predominante, vamos, única.
- Panthere de Cartier.
- Muy bien. ¿Eres provocadora?.
- Mucho. Vamos que provoco a la misma provocación.
- Jajaja. ¿ Dominante ?. ¿ Salvaje ?.
- Como una pantera.
- Generosa a la vez.
- Generosa en extremo, lo doy todo Dña. Carla.
- He de decirte que así como la tuberosa es una flor llena de miel, como el sexo femenino, a la vez posee ciertas notas como de peligro, como de algo que duele al inspirarlo, de ahí mi atracción por esta flor. Tan pronto parece que la miel acaricia las suaves praderas de hierba con unas álgidas notas afrutadas, como emana constantes efluvios de naranja y cierto toque de limón, ya que la naranja es la fruta más apreciada en la tuberosa. Pero a la vez que al inspirar el aroma de esta flor se siente una sensación placentera indescriptible, se puede observar también, si una es buena nariz, cierto dolor inexplicable. Como si toda esta belleza fuera arrebatada por el dolor de su propia vida, de nuestra propia existencia. Pero pasados esos breves instantes, que pueden ser tres segundos. Vuelve la belleza con la intensidad de la miel, la naranja y la hierba fresca. Y un dulzor inmenso, amigas y amigos.
En aquel mismo momento, un efluvio llegó inconscientemente hacia la misma nariz y alma de Carla. Se miró a Ana María como si fuera una virgen tuberosa, y sintió de repente en su frondoso valle, un escalofrío tan íntimo y agradable, que la recorrió enterita y sintió sus braguitas totalmente mojadas. – ¡¡ Cómo me ha mojado esta tía !!. – pensó, para sí misma - Pues ya hacía días que no....... Sentía yo este goterón. Vamos. Que me he orgasmado a mi misma y vaya corrida que he tenido. Que menos mal que llevo las braguitas Pecado Original, que todo lo aguantan y soportan. Se movió Carla ligeramente hacia la derecha, y notó como divagaba una gotita de miel desde el mismo centro de su sexo, deslizándose por el dorso de su muslo. La sintió al mismo tiempo que se deleitaba nuevamente con los efluvios de tuberosa, que Ana María constantemente exhalaba de su cuerpo.
- Gracias, Ana María, por tu soltura en salir a hablar conmigo. Por cierto. - le dijo susurrándole al oído - Luego te invito a una copita de Perfecto Amor. ¿Te complace ?. Espérame al salir.

  - Queridas narices. Químicas. Estudiosos del perfume y farmacéuticas. Como bien os digo, cuando creamos “Panthere”, pude sentir una sensación muy parecida a la sentida hoy al poder apreciarlo en el cuello de Ana María. Y es que como sabéis, todos nosotros poseemos nuestro propio perfume. Nuestra piel elabora un perfume determinado, que si bien a veces tiende al olor a calor o a ternura, en ciertas personas se torna en auténtica flor, y las consecuencias que producen esos seres, son siempre sublimes. En cierta ocasión pude apreciar al auténtico jazmín de Sevilla en una mujer que extrañamente no era de Sevilla, pero toda ella era un jazmín frondoso lleno de las diminutas flores que conforman el jazmín. Os preguntaréis el por qué de ésto, aunque es bien sabido por todos vosotros, que las hormonas, en este caso las feromonas, son unas sustancias químicas secretadas por el ser humano, mujer o hombre, y arrastradas por el aire. Parten de las axilas y alrededor de nuestros órganos sexuales, y cuando las aspiramos a través de nuestro órgano vomeronasal de nuestra nariz, se crean mensajes de paz y bienestar que llegan hasta nuestro cerebro. Y que ya en el antiguo Egipto, se utilizaba el uso de feromonas para la fabricación de perfumes. Este era fabricado, a base del sudor de hombres seleccionados para este trabajo, y se depositaba dicho sudor en unas tinajas, para luego ser mezclado con las fragancias de las flores, ya que el propio sudor contiene sustancias afrodisíacas para el ser humano. Como siempre, los Egipcios nos llevaron la delantera, y nuestra labor, queridas, la labor de nosotras y nosotros, los narices, es seguir descubriendo por qué existen seres como Ana María, que se derrama como una tuberosa, o como aquella dama que exhalaba constante perfume a jazmín de Sevilla. Nuestra labor. Que no hallaron los egipcios. Es descubrir por qué algunas mujeres o hombres son como una flor siendo persona, y cómo pueden químicamente llegar a producir ese sublime olor.
- Plas, plas, plas - Todo fueron aplausos en la sala.

- Gracias, amigas y amigos. Y doy paso a mi compañera de ponencia Louise La Fenetre, para que os divinice con su bella conversación sobre los campos de Grasse en La France. Un abrazo a todas y todos.

Carla. Después de los aclamados aplausos. Se dirigió justo al lado de la cuarta fila donde se encontraba Ana María de pie. Así podía escuchar toda la ponencia de Louise La Fenetre, y aprender un poco más sobre aquella maravillosa ciudad llamada Grasse, cuna de los mejores perfumes del mundo. Y ya cuando acabó la ponencia de Louise.
- Encantada, Ana María. ¿Te hace un Perfecto Amor ?.
- Será un placer.
- ¿ Lo tomamos fuera en el bonito barrio de Pigalle o en el hotel ?.
- Mejor en Pigalle.
Y ya acomodadas en un coqueto cafelito situado justo enfrente del Moulin Rouge, donde el terciopelo granate de los asientos y la madera, formaban una perfecta sincronía de color y materia.
- Y bien, Ana María. ¿Cuáles son tus proyectos más inmediatos?, a más corto plazo.
- Supongo que seguir de farmacéutica en la farmacia de Dña. Encarnación en el pueblo. Bueno. He de decirte que soy y vivo en un pueblecito cercano a Zaragoza, Villanueva de Gállego. No te creas. Ahora vive mucha gente allí.
- Ya. Ahora todos queremos salir de las ciudades, es lógico, los precios, la tranquilidad, qué vas a comparar. Las ciudades están atestadas de coches. En realidad, pienso muchas, muchísimas veces, que el único contenido en las ciudades son los coches, cuando en realidad deberían tomar como prioridad, dar calidad de vida al ser humano, a los niños. Ya ves. El mundo va al revés. ¿ Y estás contentilla allí, trabajando para Dña. Encarnación, en la farmacia de Villanueva ?.
- Bueno. Más bien me conformo. En realidad he estudiado la carrera de farmacia porque me ha encantado desde siempre. Ahora trabajo allí para subsistir, porque el montarme una farmacia ni me lo planteo, que hay que tener mucha pasta. Pero cada día que pasa me doy más cuenta de que lo que realmente me apasiona es la creación de perfumes, por ello que he venido a París a esta gran conferencia.
- Es que en realidad. Te cuento. Necesito ya. Pero vamos para ya. Una asistente nariz. Vamos, una nariz como yo. No puedo con tanto trabajo. Que si viajes continuos a casas perfumeras de Madrid, Tokio, Nueva York, de Grasse, de Milán, que si congresos. Además. Me siento muy sola, y necesito ya a estas alturas de mi vida a alguien que me acompañe en el sentido más amplio de la palabra. He sido siempre muy independiente, sabes, Ana María, pero ya tengo cuarenta y un años, y siento......
- Sientes que te falta algo.
- Exacto.
- Es que yo también siento lo mismo, que me falta algo, que necesito un cambio, y que ya es hora a mis cuarenta y cinco de encontrar una buena compañía. Además. Todavía vivo con mis padres, y estoy muy bien, pero también te digo que estoy harta, y todo, por no haber encontrado el adecuado amor a tiempo.
- Yo, Ana María......
- ¿ Eres lesbiana ?.
- Uy, que horrible palabra. No vuelvas a pronunciarla más.
- Si. Es muy fea. Yo también, Carla. También soy lesbiana.
- ¡¡¡¡ Ay, qué alivio !!!. Creía que tú. No. Ya sabes.
- Pues si. Ya lo ves. A estas alturas. Creo que es una opción muy interesante. Bueno. Y a otras alturas también. Y..... Mira. Qué sí. Qué me voy a ir contigo a trabajar de nariz y a aprender este oficio que realmente me apasiona. ¿Me enseñarás el arte de la creación de los perfumes más maravillosos del mundo?.
- Por supuesto. Pero todavía no te he contado mis próximos proyectos. Nos vamos a ir a Granada, a la hermosa Granada. Allí nos espera la creación para Dior, de un perfume del que sólo sabemos su nombre, “Manuela”. El resto corre de nuestra parte. Quién sabe. Igual nos quedamos a vivir allí y todo, con toda aquella belleza de la alhambra y tan cerquita de la playa y del Mulacén. Te aseguro que no nos aburriremos. Yo me paso la vida viajando constantemente en la creación etérea de mis perfumes.
- Por cierto, Carla. Eres como el gálbano. ¿Lo sabes?. Indomable casi como una mariposa, salvaje y de una personalidad desbordante. Pero a la vez exhalas el perfume de un jazmín lleno, invadido de sensualidad y misterio, y he creído también apreciar ciertas notas de vainilla al inspirar el rastro que deja tu cuerpo al andar. Y ahora que estoy frente a ti, el sándalo da a tu indomabilidad salvaje dulces notas de caramelo y de leche caliente, de miel y de maderas preciosas de Madagascar. En fin, Carla. Eres la mujer perfume que siempre he estado buscando, y nunca he hallado.
- Me estás hablando de Must de Cartier. ¿Te das cuenta?.
- Si, Carla. Eres justo la esencia de la que está compuesta Must.
- Y tú, Ana María. Siempre he estado buscando la flor de la tuberosa en una mujer. No sé por qué razón siempre he presentido que la mujer de mis sueños, mi verdadero amor, llevaría ese perfume en su cuerpo.
En ese mismo instante se dieron un beso lento, iniciático y profundo. La una enfrente de la otra, separadas por la pequeña mesa de madera oscura, donde la perfección de la fragancia de la tuberosa se unió al gálbano como queriendo no hacerse daño, y la miel se derramaba entre aquellos labios que no dejaban de besarse formando los más dulces aromas del naranjo. Y cuando ya sus lenguas lentamente comenzaron a rozarse, a enredarse queriéndose unir en una, Carla y Ana María se derramaron de amor entre el caramelo de leche caliente y aquel aire en el que se desprendían constantes efluvios de maderas preciosas de Madagascar. Al final de aquel delicado e incesante beso de amor, Carla, con su pericia, consiguió unir el tallo de la tuberosa con el tallo del gálbano, y ya como desfallecidas e inconscientes se dijeron.
- Te amo, Ana María.
- Yo también te amo, Carla.
- ¿ Nos casaremos en Granada ?.
- En Granada o en Guadalajara.
- Lo digo por la belleza mujer. Granada es el súmmum de la belleza como ciudad.
Y salieron de la mano de aquel coqueto café. Y de París, donde se encontraban, viajaron hasta Villanueva de Gallego, donde Ana María se despidió de Dña. Encarnación, dándole todas las gracias por haberle proporcionado durante tantos años, veinte, un puesto de trabajo, y también fueron a casa de los padres de Ana María, donde acogieron a Carla desde un principio de una forma natural. – Ya era hora. Hija mía. De que te echaras novio o novia – dijeron sus padres al unísono. Ana María hizo su maleta, y juntas partieron en el Saab descapotable de Carla hacia Granada. Donde decididamente les esperaba la felicidad a las dos. Esa felicidad tan mutuamente anhelada, tan completa y llena de magia.
- Cariño. Carla. Me sigue enamorando Granada. Llevamos ya diez años aquí, pero a pesar de nuestros continuos viajes, cada día soy más feliz de vivir en esta ciudad, y sobre todo de seguir contigo. Te amo......
- Yo también. Mi vida. Qué suerte haberte conocido en aquel congreso de París. ¿Qué cosas tiene el destino?. ¿Verdad?. Él mismo se encarga de unir lo que tiene que unir.
- Recuerdas el descubrimiento de nuestro perfume, “Manuela”, para Dior. El mayor éxito en la perfumería internacional, nacido de nuestro amor, de aquel nuestro primer beso y de toda la fragancia que fuimos capaces de crear.
- Sí. Mi vida. Tuberosa y gálbano, miel, caramelo y leche caliente, entre los efluvios constantes de las maderas preciosas de Madagascar.



domingo, mayo 01, 2011

TOZEUR, HOTEL TAMERZA PALACE



Berta y Juan, lo tenían muy claro, definitivamente claro que aquel año se iban de vacaciones a Túnez. Les atraía en un principio más que el propio país, el que se tratara de un trayecto en vehículos cuatro por cuatro, recorriendo todo Túnez de cabito a rabo.
- Va a ser un viaje precioso, Juan. Todavía somos muy jóvenes. Imagínate, el vuelo llega a Monastir y a la mañana siguiente comenzamos nuestro periplo por Túnez de norte a sur. Va a ser fantástico, fabuloso. Además, hasta dentro de dos o tres años no quiero tener la niña que quiero tener, y tenemos que aprovechar ahora que todavía somos libres, Juan, que ya verás como nos cambia el panorama más adelante.
- De acuerdo, pero prométeme que no te arrepentirás de tanto ajetreo de viaje. Créeme si te digo que va a ser un poco paliza, todo el día metidos en un cuatro por cuatro.
- Venga no seas carca. Va a ser chupí. Vamos, que si no vienes tú, llamo corriendo a Teruca y me largo con ella. Tú verás.
- Vale cariño. Yo también prefiero ir contigo a irme con Norberto, al fin y al cabo, voy a pescar con él cada dos o tres findes, y además, este verano también se va con su chica a Egipto. Okey mi vida. Qué bien lo vamos a pasar. Chachi, ¿verdad?. Mmmmuaaa. Cuánto te quiero.
- Yo también cariño, pues ala, ya está decidido. Mañana bajo a la agencia de la Mari Purí y lo reservo, vamos, I am to do one book, tomorrow morning.
Y es así que Berta y Juan, llegaron a Monastir en un susurrante vuelo de plumas. El calor era bastante insoportable ya que transcurría el mes de Julio, pero así eran Berta y Juan, impremeditados, hacían lo que les apetecía cuando les apetecía, y era para ellos, aquel, el momento adecuado para viajar a aquel país, Túnez, el bellísimo Túnez. Durmieron en Hammamet, y al día siguiente desayunaron muy tempranito, debido a las altas temperaturas que se esperaban. Cogieron el cuatro por cuatro que les correspondía, y se encaminaron en el tanquecito hacia Dougga, para visitar las ruinas romanas, ya que son las mejor conservadas en todo el país. Visitaron el capitolio, el teatro, templos y termas. Y de allí siguió el cuatro por cuatro su trayecto con un insoportable calor hacía Bullaregia, una ciudad que conoció su apogeo en los siglos II y III. De nuevo más templos, teatros y termas, y les encantó la frescura de unas viviendas subterráneas de bellísimos mosaicos, lo cual agradecieron como si se tratara de la más impresionante refrigeración natural hallada sobre la tierra. Y siguieron aquel viaje, acompañados en el cuatro por cuatro, por otra parejita de Madrid, Teresa y Fran, muy agradables ellos y muy normales. Delante siempre iba el conductor, Shalan, y el guía, un guapetón llamado Ashley. En su segundo día de periplo, se encaminaron hacia Túnez capital, donde pasaron todo el día visitando la ciudad, y al día siguiente atravesaron Kairouan, Sbeitla, y llegaron hasta la ciudad de las puertas del desierto, Tozeur. Ya era de noche, estaban agotados, y apenas después de cenar se fueron directos a la espléndida habitación que los dioses les habían reservado.
El día siguiente lo pasaron todo completito en Tozeur. Se dieron un refrescante chapuzón en una dulce piscina de claras aguas, desde la cual se podía divisar mientras estabas en el agua, el prístino inicio de las ondulaciones suaves y sugerentes de las montañas del desierto. Comieron muy tranquilamente en el restaurante del hotel, aquel hotel que a Berta le daba una sensación de decadencia y lujo, donde el tiempo se detenía a cada instante, donde todo era belleza y calma. Y del restaurante se fueron plácidamente abrazados hasta la habitación, para echarse una extasiada siesta al amor del aire acondicionado, que en aquellos momentos era como el rey, como el grandioso Alá de la habitación.
- Debería aprovechar esta tarde para ir a comprarle unas babuchas a mi madre, Juan, sabes que le encantan, siempre se las encarga a alguna amiga que viaja a un país árabe, y también te compraré unas para ti. De paso compraré algún detallito más, no sé, algún fular bonito de algodón, ya sabes que aquí son auténticos y fantásticos, y miraré unos collares para Sarita, de esos fantasiosos y exóticos que a ella tanto le gustan. Vamos, que si no le llevo un collar, me mata.
- Pues nada, querida, no cuentes conmigo. Si quieres te vas tu solita, porque yo estoy derrengao, y me voy a echar una siesta que te mueres de mil pares de camellos.
Y es así que se quedaron dormidos por la frescura de la refrigeración, pero Berta se despertó de pronto, como si alguien la hubiera llamado, como si estuviera predeterminado el levantarse. Se atusó con un poquito de agua sus cabellos cortos. Se vistió sigilosamente, y se marchó. La verdad, ciertamente no le apetecía nada salir a hacer esas pequeñas compras, pero los regalitos son los regalitos, y temía la carita de su madre si se presentaba en Madrid sin las dichosas babuchas, al igual que temía la cara de decepción de Sarita, si no veía discurrir y enredarse en su pecho, los exóticos collares de Túnez.
Al salir del hotel, el calor era tan intenso a pesar de ser las siete de la tarde aproximadamente, que sintió en sus labios, en su cara y en todo el interior de su cuerpo, una bofetada de aire tan calientemente terrible, que creyó que no lo iba a poder soportar. Pero lo soportó, y llegó como pudo extenuada por el calor, a un pequeño y bonito bazar lleno de objetos por todas partes. Allí hacía fresquito, ya que en el techo había unos gigantes ventiladores que movían el aire de un lado para otro, lo cual daba un cierto alivio para estar allí un rato y comprar lo que dichosamente tenía que comprar. Se sorprendió, nada más entrar en el bazar, de la amabilidad de un joven de unos treinta años, moreno como la noche, y ciertamente muy atractivo.
- ¿Necesita algo, señorita? – le dijo en un casi correcto español, mientras Berta detenía su mirada en el suelo del bazar. Allí, en las esterillas de caña, reposaba una hermosa mujer que inquisitivamente no cesaba de mirarla, como tratando de averiguar un misterio oculto en el rostro y en el cuerpo de Berta – Ésta es Shaifo, mi esposa. Es muy bella. ¿Verdad?.
- Sí – respondí casi sin pensarlo, inconscientemente, porque ciertamente, Shaifo, era bellísima. Lo primero que me fije de ella, mientras yo recorría todos aquellos objetos que había en el bazar, fue en su cuerpo. Recostada en unos enormes cojines ladeando su cuerpo, llevaba una túnica negra de seda suave y transparente, por la que claramente se adivinaban unos pechos preciosos, grandes, y pude ver casi de reojo al contraste de aquella luz de la tarde, el misterio que ocultaban unos gruesos pezones, tostados e enhiestos como dos lanzas del color del ópalo encendido, donde inconscientemente yo me introducía a ráfagas mientras seleccionaba junto con su amable esposo, el número adecuado de las babuchas de mi madre. Y inconscientemente pude adentrarme en la luz interior que me derramaban aquellos ojos negros de vaca, que me miraban incesantes, como una lluvia que no cesa, como haciéndome una súplica, un rezo o un ruego.
- Si. Creo que este será el número adecuado de mi mamí – Mientras yo veía como Shaifo miraba ya de una forma continuada mis piernas, mi vientre, mis pechos, y su mirada navegaba como la de una diosa dentro de mi mirada – Ahora debo elegir un collar que sea algo extraordinario. ¿ Cómo te llamas?.
- Nester, ¿y tú?.
- Me llamo Berta. Como te decía, Nester. ¿Tienes collares bonitos?. No sé, de piedras o de rosas del desierto. Tú me dirás mejor. – Le dije mientras mi mirada, ya con un descaro total, acariciaba el rostro de Shaifo, sus cabellos ondulados y largos de sirena, a aquella tez oscura como la tierra cálida y suave de Tozeur. Se lo dije, mientras mi mirada seguía inconscientemente acariciando aquellos gruesos labios y a la vez delgados y bien delineados, a aquellas manos grandes y morenas, a aquella nariz de mujer segura, fuerte y serena. Y mi mirada recorrió su cuerpo con un deseo ciertamente seguro, de que algo extraordinario iba a ocurrir aquella tarde en Tozeur. Elegí un precioso collar para Sarita de rosas del desierto muy pequeñitas y trabajadas, ya que estaban engarzadas por unos hilos de plata y cristal. – le encantará, pensé – También determiné la compra de las babuchas para mi madre y otras para Juan, y para mí elegí un pañuelo que Shaifo puso sobre mi cuello, de un algodón extraordinario. - Bueno. Ya lo tengo todo. ¿Cuánto es, Nester?.
- Antes de que te marches, Berta, y te haga la cuenta, mi esposa y yo queremos invitarte a tomar un té con menta. Mi esposa lo prepara exquisito, y la menta es de nuestro huerto. Te gustará.
- Perfecto, Nester. Será todo un placer.
Y nos sentamos todos en las alfombras de esterilla, cuando Shaifo acabó de preparar el delicioso té.
- Mmmm. Qué bueno que está, Shaifo. Es un placer tomar este té tan exquisito. ¿Cómo lo preparas?.
- Compro las bolitas de té en el mercadillo de las fuisas. Son unas bolitas que ya sólo el aspirar su olor te llena de toda la flor del té. La menta la cultivamos como te ha dicho Nester en nuestro huerto. ¿Sabes?, es un placer en las noches salir a la terraza de nuestro huerto e inspirar y expirar el olor de la menta natural mezclada con el magnoliero afrutado. Es como hallarte en ese otro paraíso eternizado, donde sólo lo sublime se encuentra.
Tomamos tranquilamente nuestro té, invadido de miradas de una extraña complicidad entre los tres seres que allí nos hallábamos. Pareciera que algo misterioso y extraordinario tuviera que ocurrir aquel día, era como un sexto sentido, como una sensación inconsciente que flotaba en aquel aire, en aquella estancia, sobre aquellas sinuosas y frescas esterillas suplicando a gritos las caricias del cuerpo de Shaifo.
- Bueno, Nester. Shaifo. He de marcharme. Tengo que volver al hotel. Así que prepárame la cuenta. ¿Cuánto te debo?.
- Aquí en Tozeur, Berta, a veces, todavía utilizamos el trueque en nuestras transacciones. No sé como explicarte. A veces para nosotros es más importante un bien espiritual, un sobrenatural placer que nos envía Alá, que una cantidad de monedas.
- Ya, pero yo debo pagarte por todo lo que te he comprado. Tú tienes un bazar y es un negocio del que vives, al igual que tienes que pagar a tus proveedores.
- No me entiendes, Berta. A mi esposa le has gustado mucho. Apenas tengo que mirarla para saberlo. Veo en su mirada la luz cuando te mira, pero si quieres pagarme, págame, son 30 dólares, siempre cobro a los turistas en dólares.
- Si no te importa te pago con dinares, es que no he cambiado en dólares.
- Ya, pero yo prefiero que me pagues en dólares. Shaifo te acompaña ahora mismo al hotel Tamerza Palace, está justo enfrente de aquí, en un momento llegáis, y así puedes cambiar los dinares en dólares, y todo solucionado.
- De acuerdo.
- Berta. Ha sido un gran placer llegar a conocerte, y ante todo, un gran placer que mi esposa Shaifo te haya llegado a conocer. Créeme.

Y nos encaminamos sonrientes, Shaifo y yo, hacia el Tamerza Palace, que estaba efectivamente justo enfrente del bazar.
- Ya verás, Berta. Te va a encantar este hotel.
Y entrando en el cuidado jardín del Tamerza, pude sentir toda la gloria de los jazmines que allí dormían de día y susurraban a los turistas de noche. Pude rozar con mis manos a las glicinias descolgándose hacia el estanque, como anestesiadas, a las caléndulas, queriendo alargar su cuello para amarse con las vergonzosas mimosas, las cuales contraían sus hojas, cuando las caléndulas amorosamente las rozaban.
Y mientras yo observaba cómo un lirio anaranjado del desierto abría su cáliz para ser libado por una hermosa abeja maya, nos introdujimos como dos figuras sibilinas en la fastuosa recepción y entrada del hotel. Cambié los dinares en dólares, y en ese preciso instante, observé como Shaifo intercambiaba un breve diálogo en árabe con el recepcionista. Se hizo un anestesiado silencio, a la vez que el arabesco moreno recepcionista ponía en las manos de Shaifo unas enormes llaves, del tamaño de un castillo de Babaria. Shaifo cogió de mi mano mostrándome el lujoso salón del hotel, mientras yo miraba la bóveda del techo. Pareciera que nos halláramos en la lujuria de una selva invadida de verdes columnas de jade y ópalo. En el sereno misterio de un templo del desierto, donde se escuchaba a una fuente susurrar lentamente el sonido de su sedante y sedosa agua, entre dorados, cobres y malvas, entre los celestes y plateados azules de la ensortijada y trabajada bóveda. Y yo la seguía de la mano, por los corredores de un pasillo completamente blanco, donde las puertas de las habitaciones eran pequeñas obras de arte con figuras de exuberantes damas desnudas en madera tallada, enmarcadas por unos minimalistas doseles con un cortinaje rojo ladeado hacía un lado. Enmudecí durante todo aquel trayecto que duró nuestro periplo hasta la habitación, y cuando por fin Shaifo abrió la puerta con el nombre de Sherezade, ambas, Shaifo y yo, asentimos con una mirada intensa de deseo, embriagadas todavía por el olor a jazmín, a glicinias y a caléndulas, a mimosas y al lirio anaranjado libado por la abeja maya. Todo aquel perfume se esparcía por aquella estancia, y decidí ponerle un nombre a aquel exquisito aroma. Tamerza. Sí, se llamaría Tamerza, y se convertiría en el perfume de una diosa, de la diosa Tamerza.
Shaifo, comenzó a desnudarme con la sola luz de sus manos, y haciendo un rápido movimiento con sus brazos, se quitó la túnica como quien se quita un jersey muy rápidamente. Me incorporó en la enorme cama blanca como una nube y se dispuso lateralmente a mi lado acariciándome las piernas, los muslos, las caderas, el vientre, mis ondulados pechos erectos, las alas de mis brazos. Después me acarició muy dulce los cabellos, mis ondulados cabellos castaños, sintiéndome que me perdía, que me perdía entre aquellas caricias de mujer que tanto necesitaba de tanto en tanto en mi vida. Con la mirada perdida en el Olimpo, succionó de mis pezones, naciendo de su boca una flor blanca de enormes pétalos aterciopelados, que tan pronto se abrían como se cerraban. Cuando con su segura mano que miraba, comenzó a penetrarme con una intensidad tal, que comencé a sentir un fluir de espasmos encadenados. Me retorcía, lanzaba mi cuerpo hacía arriba, hacia abajo, de un lado y de otro. Temblaba todo mi cuerpo, retorciéndome en una convulsión completa, eterna, mientras me penetraba con su otra mano que miraba, por mi segundo sexo. Y despaciosamente y en una ascensión continua, fui lanzada de la pirámide escalonada de Sakara hacia el cielo, cuando estuve totalmente rígida como una escultura de mármol, y pude contemplar la tierra, el mundo, y a todos los seres que lo habitan con una sensación infinita de paz. Más tarde, y antes de que llegara el crepúsculo, hice que Shaifo alcanzara la felicidad con mis hermosas manos. Su cuerpo era un ópalo de cobre de exuberantes curvas, donde sus pechos, sus enormes pechos, me derramaban un licor de moras invadido de formas. Mi rostro se perdía entre aquellos grandes pechos perfectos, tallados a mano y rellenos de plumas. Shaifo se retorcía entre mi cuerpo, entre mi alma y mis dos alas blancas. Y libando de su sexo imperiosamente como una abeja sedienta de miel, descubrí por fin su secreto bebiendo sin descanso, devorando dulcemente su miel entre aquel perfume que bogaba por toda aquella estancia del hotel Tamerza, desde el jardín hasta nuestra habitación. Allí, libando de su dulce sexo, pude sentir toda la gloria de los jazmines que allí dormían de día y susurraban a los turistas de noche. Pude rozar con mis manos a las glicinias descolgándose hacia el estanque, como anestesiadas, a las caléndulas, queriendo alargar su cuello para amarse con las vergonzosas mimosas, las cuales contraían sus hojas, cuando las caléndulas amorosamente las rozaban.
Y cuando Shaifo se sintió como aquel lirio anaranjado del desierto, que abría más y más su cáliz, para ser libado por una hermosa abeja maya llamada Berta. Shaifo tuvo entre mis brazos un orgasmo infinito. Y en sí, comprendí que toda la miel que yo había bebido de su sexo, era el perfume de Tamerza.
Me recompuse como pude. Me vestí lo más rápidamente posible, todavía respirando agitadamente, y llamé por el teléfono a Juan.

- Hola Juan, cariño, sabes. Se me ha hecho un poco tarde. Uff. Si son las diez. Te he comprado unas babuchas, y unos cuantos regalitos más para Sarita y mi madre. El matrimonio que regenta el bazar, amabilísimos, me han invitado a tomar un té con menta, y después con ellos hemos venido al lujosísimo hotel Tamerza, para ver actuar a Cheb Hasni que estaba en el hotel. No sabes mi Juan, lo bien que lo hemos pasado.
- Vale cariño. No sabes cuánto me alegro, pero a Cheb Hasni lo asesinaron. Te espero en el restaurante de nuestro hotel. Ahora mismo me voy a la ducha. Por cierto, me he pasado la tarde con nuestro guía, Ashley. Me da muchos recuerdos para ti. Es que sabes, cariño, ha venido esta tarde a nuestra habitación para hacernos una pregunta sobre la ruta de mañana, mientras yo me hallaba semidesnudo durmiendo la siesta, y me ha dado el mejor té con menta que ningún tío jamás imaginó. ¡¡¡¡ Venga cariño. Te espero en el Restaurant !!!!.
- Vale mi vida. Ahora mismo voy. Te quiero.
- Yo también te quiero, Berta.




sábado, febrero 19, 2011

COSMOS

Entre sus manos
contenía

el mundo,
todo el universo,
y sin embargo
se ahogaba,
y el aire
al respirar
casi le faltaba.




Veía
en sus manos
a las nubes
cruzándose,
derramándose en agua.
Aquellas nubes
en sus manos
formaban ríos,
y después,
en el frío de la noche,
aquellos ríos
en sus manos
se escarchaban.

Y sin embargo
se ahogaba,
y el aire
al respirar
casi le faltaba.

Veía
en sus manos,
atardeceres de fuego,
claros océanos
donde las olas
abriéndose
se balanceaban,
y el sonido del mar
entre sus manos
se escuchaba.

Pero un día
llamó a su puerta
el amor,
y de sus manos
se lanzaban
estrellas,
y las estrellas
al llegar al cielo
volvían
de nuevo
a sus manos,
hallando la paz.

Sus manos
ahora están
llenas de amor,
ya no necesitan
universos
ni tierras,
ni al mar
ni al aire.

Sus manos
desde el cielo
son de amor
a su amada,
a su cuerpo,
a sus palabras.

Entre sus manos
contenía
el mundo,
todo el universo,
y sin embargo
se ahogaba,
y el aire
al respirar
casi le faltaba.

Veía
sobre sus manos,
todos los países
y mares

de océanos,

de desiertos blancos
y celestes,
donde los camellos
entre las dunas,

soñaban...


En sus manos,
los ríos iban hacia el mar,
mientras las nubes
descansaban,
y las montañas crecían,
y las flores
se besaban.

En sus manos,
la nieve dormía,
formando lagos
esmeraldas,
donde después

ella nadaba,
y sin embargo
se ahogaba,
y el aire
al respirar
casi le faltaba.

Veía
en sus manos
atardeceres...
cuando el sol
sumergido
dentro del mar,
teñía
sus aguas
de amor
y de sangre.

Después,
en el amanecer,
el sol
inventaba
un nuevo día
mientras sus manos
de luz se llenaban.

Pero sus manos
ahora están
llenas de amor,
ya no necesitan
universos
ni cielos,
nubes
ni horizontes
inalcanzables.
Solo necesitan
tu amor,
tu amor
entre su cuerpo...
y ese susurro
de tus palabras.
Por fin
sus manos
la vida sienten.

Ahora
entre sus manos,
contiene tu mundo,
tu universo,
todo tu aire.
Y el aire eres tú.

y todas tus palabras,
que ella convierte
en sus manos
en el fuego
de la tierra,
en el aíre
del cielo del mar,
en todo
tu universo...
Por fin
sus manos
son sabias,
ya saben descubrir
las fuentes
del mar,
de la vida
y del alma,
donde la única verdad
es el amor....

El amor....
Vuestro amor....